Por Daniel Segundo Monzón
Las cifras son impresionantes. Entre enero y agosto de 2026, las zonas francas dominicanas exportaron US$6,041 millones, un 4.4% más que en el mismo período del año anterior. El Consejo Nacional de Zonas Francas de Exportación proyecta que, si el ritmo se mantiene, el sector podría superar los US$9,000 millones al cierre del año, lo que sería un récord histórico. Dispositivos médicos, tabaco, electrónica: los números brillan.
Pero hay una señal que no aparece en los titulares de celebración: el volumen de contenedores exportados ha caído. Y esa contradicción —más valor, menos volumen— es exactamente el tipo de dato que conviene leer con cuidado antes de aplaudir.
El espejismo del valor
Cuando el valor de las exportaciones sube pero el volumen baja, hay dos explicaciones posibles. La primera, optimista: el país está exportando productos de mayor valor agregado, lo que es señal de sofisticación productiva. La segunda, preocupante: los precios internacionales de ciertos bienes subieron, inflando el valor sin que haya más actividad real. En el caso dominicano, la ADOZONA —la Asociación Dominicana de Zonas Francas— ha sido explícita: la caída de contenedores es una señal de alerta, no un dato menor.
El sector enfrenta lo que los propios empresarios llaman una "doble presión". Por un lado, el arancel del 12.5% que la administración Trump impuso a los productos de zonas francas dominicanas que ingresan al mercado estadounidense. Por el otro, la volatilidad cambiaria local, que ha encarecido los costos operativos dentro del país. El resultado es un modelo que sigue funcionando, pero con márgenes más estrechos y una competitividad que se erosiona mes a mes.
El problema del vecino
El arancel del 12.5% no es solo un número. Es una desventaja estructural frente a competidores directos. México, por ejemplo, opera bajo el T-MEC y accede al mercado estadounidense con aranceles cero o mínimos en la mayoría de los sectores. Centroamérica tiene el CAFTA-DR, que también ofrece condiciones preferenciales. La República Dominicana, que también es parte del DR-CAFTA, ha visto cómo la aplicación de aranceles diferenciados a sus zonas francas la coloca en una posición de desventaja que no existía hace dos años.
ADOZONA ha advertido que el país está perdiendo participación de mercado en categorías clave: dispositivos médicos, electrónica, textiles, calzado y tabaco. No es que las empresas se estén yendo masivamente —todavía no—, pero la señal de alerta está encendida. Y cuando se trata de un sector que emplea a más de 200,000 trabajadores directos y genera cerca de 693,000 empleos indirectos, la señal merece atención urgente.
El modelo que no puede darse el lujo de dormirse
Las zonas francas dominicanas representan el 55% de las exportaciones totales del país. Son, en términos prácticos, la columna vertebral del sector exportador nacional. Y tienen fortalezas reales: el 54% de su fuerza laboral son mujeres, el sector ha invertido más de 600,000 horas de capacitación técnica entre 2020 y 2025, y ha transitado hacia una composición más técnica y especializada. Eso no es poca cosa.
Pero el modelo tiene una vulnerabilidad histórica que este momento vuelve a exponer: la dependencia casi total del mercado estadounidense. Cuando Washington cambia las reglas —como lo hizo Trump con los aranceles—, el impacto llega directo a las líneas de producción en Santiago, San Pedro de Macorís y La Romana. No hay amortiguador.
La diversificación de mercados que el sector lleva años prometiendo sigue siendo más aspiración que realidad. Europa, Asia, América Latina: todos aparecen en los planes estratégicos, pero el grueso de las exportaciones sigue fluyendo hacia el norte. Esa concentración es, en sí misma, un riesgo sistémico.
Lo que el gobierno debe hacer —y rápido
El momento exige más que comunicados de prensa celebrando récords. Exige negociación activa con Washington para revisar el tratamiento arancelario de las zonas francas dentro del marco del DR-CAFTA. Exige una política de encadenamientos productivos que no sea solo retórica, sino que conecte de verdad a las empresas de zonas francas con proveedores locales, reduciendo la dependencia de insumos importados. Y exige una estrategia seria de diversificación de mercados, con recursos y metas concretas.
El Consejo Nacional de Zonas Francas y ADOZONA han hecho su parte: han puesto los números sobre la mesa, han identificado los riesgos y han pedido acción coordinada entre el sector público y privado. La pelota está en la cancha del gobierno.
Los récords son bienvenidos. Pero un récord construido sobre una base que se está agrietando no es motivo de celebración: es una advertencia disfrazada de éxito. Y en economía, ignorar las advertencias tiene un costo que siempre termina pagando el trabajador de la línea de producción, no el funcionario que firmó el comunicado.
Daniel Segundo Monzón es columnista de opinión de El Zafacón.





