Por Daniel Segundo Monzon / Columnista de El Zafacón
Durante décadas, el poder geopolítico se midió en tanques, portaaviones y reservas de petróleo. Hoy, la ecuación ha cambiado. El país que controla las cadenas de suministro de baterías de litio, los paneles solares, los semiconductores y los modelos de inteligencia artificial tiene una ventaja estratégica comparable —y en algunos casos superior— a la que antes otorgaba el control de los campos petroleros.
Estamos en la era de los electroestados. Y República Dominicana necesita entender qué significa eso para su futuro.
El cambio en la definición de poder
China produce más del 80% de los paneles solares del mundo, controla más del 60% de la capacidad de refinación de litio y domina la cadena de suministro de vehículos eléctricos. Esto no es solo una ventaja económica: es un instrumento de influencia geopolítica. Quien controla la tecnología de la transición energética controla, en parte, el ritmo y las condiciones de esa transición para el resto del mundo.
Estados Unidos ha respondido con la Ley de Reducción de la Inflación (IRA), que destina cientos de miles de millones de dólares a reconstruir su base industrial en energías limpias y semiconductores. No es solo política industrial: es una declaración de que las cadenas productivas son instrumentos de seguridad nacional.
El mensaje para las economías pequeñas es claro: la geopolítica ya no ocurre solo en los campos de batalla o en las salas del Consejo de Seguridad. Ocurre en las fábricas de baterías, en los centros de datos y en los laboratorios de inteligencia artificial.
La inteligencia artificial como motor desigual
El FMI proyecta que la inteligencia artificial podría añadir hasta 0.5 puntos porcentuales al crecimiento global anual en los próximos años. Pero ese beneficio no se distribuye de forma equitativa. Las economías integradas a las cadenas de hardware tecnológico —con acceso a semiconductores avanzados, infraestructura de datos y capital humano especializado— capturan la mayor parte del valor.
Las economías importadoras de tecnología, con poca exposición al sector manufacturero de alta tecnología, corren el riesgo de beneficiarse marginalmente de la IA mientras asumen sus costos: desplazamiento laboral, dependencia de plataformas extranjeras y vulnerabilidad ante cambios en las condiciones de acceso.
República Dominicana está en ese segundo grupo. No porque sea una economía débil —sus cifras de crecimiento son envidiables en la región— sino porque su modelo de crecimiento descansa principalmente en servicios (turismo, zonas francas, remesas) y no en la producción de tecnología.
El dilema dominicano
Las exportaciones dominicanas alcanzaron US$10,563.2 millones entre enero y agosto de 2026, un aumento de 11.4%. El turismo registra ingresos récord. La inversión extranjera directa supera los US$4,200 millones. Son números sólidos. Pero la pregunta estratégica no es cuánto crece la economía, sino qué capacidades controla y cuáles debe importar para sostener ese crecimiento.
¿Cuánto del récord exportador corresponde a bienes de mayor contenido tecnológico? ¿Qué parte de la inversión extranjera va hacia sectores que generan capacidades locales, y cuánta va hacia enclaves que exportan valor sin transferirlo? ¿Qué porcentaje de los empleos en zonas francas requiere habilidades que no pueden ser reemplazadas por automatización en los próximos diez años?
Estas preguntas no tienen respuestas fáciles. Pero son las preguntas correctas.
La vulnerabilidad de las economías pequeñas
El Banco Mundial estima un crecimiento global de 2.5% para 2026, mientras el FMI proyecta 3.0%. La diferencia refleja distintas lecturas sobre los riesgos: deuda elevada, débil crecimiento per cápita y concentración de los beneficios tecnológicos. Para una economía pequeña y abierta como la dominicana, el entorno externo no es un telón de fondo: es una variable determinante.
La deuda pública supera el 50% del PIB. El Presupuesto 2027 proyecta un déficit de 3.4% del PIB. La inflación interanual fue de 5.13% en agosto, por encima del rango meta. Estos números no son una crisis, pero sí son señales de que el margen de maniobra fiscal es limitado.
El contrapunto necesario
Hay quienes argumentan —con razón— que una economía pequeña no necesita fabricar cada tecnología para beneficiarse de ella. La especialización y la integración a cadenas internacionales pueden ser más eficientes que perseguir una autosuficiencia imposible. El turismo dominicano no necesita fabricar aviones para beneficiarse de la aviación.
Es un argumento válido. Pero tiene un límite: cuando la dependencia es en tecnologías críticas, sin alternativas, sin métricas de riesgo y sin planificación, la vulnerabilidad se acumula silenciosamente hasta que se vuelve visible en el peor momento.
El objetivo no es la autosuficiencia absoluta. Es evitar dependencias críticas sin alternativas ni estrategia.
Datos clave
- 87% de las ojivas nucleares mundiales están en manos de EE.UU. y Rusia — el New START expira en 2026 sin sucesor.
- 80% de los paneles solares mundiales son producidos por China.
- 3.0% es el crecimiento global proyectado por el FMI para 2026; el Banco Mundial estima 2.5%.
- US$10,563.2M en exportaciones dominicanas entre enero y agosto de 2026, +11.4% interanual.
- 5.13% fue la inflación interanual en RD en agosto, por encima del rango meta de 4.0% ± 1.0%.
La pregunta incómoda
¿Está República Dominicana construyendo capacidades para la economía del futuro, o está creciendo en la economía del presente sin prepararse para la del mañana?
Conclusión
La geopolítica del siglo XXI no se juega solo en los campos de batalla. Se juega en las cadenas de suministro, en los centros de datos y en las aulas donde se forman los ingenieros, los programadores y los analistas del futuro.
República Dominicana tiene una ventana de oportunidad. El crecimiento económico de los últimos años ha generado recursos y credibilidad. La pregunta es si esos recursos se invertirán en capacidades que reduzcan la dependencia o en infraestructura que la profundice.
Enchufar el futuro no es solo conectar paneles solares. Es decidir quién controla la tecnología que los produce, quién forma a los técnicos que los instalan y quién diseña la política que los regula.
Esa decisión, más que cualquier cifra de crecimiento, determinará el lugar de República Dominicana en el orden geopolítico que está tomando forma ante nuestros ojos.
Por Daniel Segundo Monzon / Columnista de El Zafacón





