Por Daniel Segundo Monzón
El 1 de octubre de 2026, en el Estadio Olímpico Félix Sánchez de Santo Domingo, Haití le ganó 4-1 a la República Dominicana. No fue un partido cualquiera. Fue un partido que incomodó, que generó conversación en las redes, que provocó ese tipo de silencio incómodo que solo aparece cuando algo nos toca donde duele. Y lo que duele no es el marcador. Lo que duele es lo que el marcador revela.
Haití llegó a nuestro estadio, en nuestra capital, con una notable presencia de aficionados propios. Eso, por sí solo, ya es una señal. No una señal de invasión ni de amenaza —como algunos se apresuraron a interpretar— sino una señal de organización, de comunidad, de identidad colectiva que se moviliza. Mientras tanto, la tribuna dominicana no llenó el estadio con la misma intensidad. Y eso también dice algo.
El béisbol como escudo
República Dominicana es, legítimamente, una potencia beisbolera. Tenemos más jugadores en las Grandes Ligas que cualquier otro país del Caribe. Nuestra Sub-15 llegó a la final del Mundial en México esta misma semana. El béisbol es nuestra industria, nuestra exportación, nuestra narrativa nacional. Y está bien que así sea.
Pero el béisbol no puede ser el escudo detrás del cual escondemos todo lo que no funciona en el deporte dominicano. El fútbol lleva décadas siendo el deporte más popular del mundo, y República Dominicana sigue siendo una nación que apenas compite en la Liga A de la CONCACAF. Eso no es un accidente. Es el resultado de décadas de inversión desigual, de prioridades institucionales sesgadas y de una cultura deportiva que celebra el talento individual pero no construye sistemas colectivos.
Lo que el 4-1 revela
El partido ante Haití no fue una catástrofe. La selección dominicana había ganado sus dos partidos anteriores —ante Nicaragua y Trinidad y Tobago— y sigue con posibilidades de avanzar a cuartos de final. Técnicamente, el ciclo no está cerrado. Pero el análisis del partido sí revela algo estructural: cuando el rival presiona con intensidad, cuando el mediocampo se ve obligado a tomar decisiones rápidas bajo presión, el equipo dominicano pierde el hilo. No es falta de talento individual. Es falta de automatismos colectivos. Es falta de tiempo de juego compartido. Es falta de un proyecto de largo plazo.
Haití, un país en crisis humanitaria profunda, con una institucionalidad deportiva precaria, logró organizar un equipo que presionó, que transitó rápido, que fue eficaz. Eso no es magia. Es trabajo. Es un cuerpo técnico que tiene una idea clara de juego. Es jugadores que, aunque dispersos por la diáspora, se identifican con una camiseta y juegan con hambre.
La pregunta que nadie quiere hacerse
¿Cuánto invierte República Dominicana en el fútbol de formación? ¿Cuántas academias de fútbol con metodología seria existen fuera de los clubes privados de élite? ¿Cuántos entrenadores certificados trabajan con niños en los barrios donde el fútbol se juega en la calle porque no hay cancha? ¿Cuándo fue la última vez que el Ministerio de Deportes presentó un plan de desarrollo del fútbol con metas medibles y presupuesto asignado?
Estas preguntas no tienen respuestas cómodas. Y precisamente por eso no se hacen en los programas deportivos, que prefieren hablar de quién firmó con qué equipo de béisbol o de cuántos dominicanos hay en el roster de los playoffs de la MLB.
Identidad no es solo béisbol
Somos un país que produce futbolistas. Pablo Rosario juega en Europa. Mariano Díaz tiene experiencia internacional. Hay talento. Pero el talento sin sistema es como una semilla sin tierra: puede germinar, pero no echa raíces. Y sin raíces, no hay árbol. Y sin árbol, no hay sombra para los que vienen después.
La derrota ante Haití no debería generar vergüenza. Debería generar conversación. Debería generar preguntas. Debería generar la voluntad política y social de construir un proyecto de fútbol dominicano que no dependa de que un jugador de la diáspora decida representar al país, sino de que el país forme a sus propios jugadores desde abajo.
El 4-1 no es el problema. El problema es que el 4-1 no nos sorprende. Y eso sí es urgente.





