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3:14 pm
Opinión

Béisbol: Identidad y sociedad

Columnista Daniel Segundo Monzón 27 de septiembre, 2026 6:22 pm

Daniel Segundo Monzón
Director Editorial y Analista

28 de septiembre de 2026


Por Daniel Segundo Monzon / Columnista de El Zafacón

Hay una pregunta que los dominicanos raramente nos hacemos con honestidad: ¿qué dice el béisbol de nosotros?

No me refiero a los jonrones de Tatis Jr. ni a los récords de Soto. Me refiero a lo que el béisbol revela sobre nuestra estructura social, nuestros valores colectivos y las contradicciones que preferimos no ver cuando miramos al diamante.

El béisbol dominicano es, simultáneamente, nuestra mayor exportación cultural, nuestra industria de movilidad social más efectiva y uno de los sistemas más desiguales que hemos construido como sociedad. Todo al mismo tiempo.

Los hechos

República Dominicana produce más jugadores de Grandes Ligas per cápita que cualquier otro país del mundo. En la temporada 2026, más de 100 dominicanos aparecieron en los rosters de los 30 equipos de la MLB. Eso es un hecho extraordinario para una nación de 11 millones de personas.

También es un hecho que la mayoría de esos jugadores provienen de familias de escasos recursos, que el béisbol fue su única ruta de escape de la pobreza, y que por cada uno que llegó a las Grandes Ligas, hay cientos que firmaron a los 16 años, pasaron por las academias y regresaron a sus comunidades sin nada, o casi nada.

El sistema de academias de béisbol en República Dominicana es brillante para los equipos de la MLB y brutalmente selectivo para los jóvenes dominicanos. Los equipos invierten poco, seleccionan mucho y descartan sin contemplaciones. Los niños que no llegan a las Grandes Ligas raramente tienen un plan B, porque nadie se lo enseñó.

El contexto

Durante décadas, el béisbol ha funcionado como un sustituto de las políticas públicas que nunca llegaron. En comunidades donde el Estado no construyó escuelas de calidad, donde no hubo empleos formales, donde la movilidad social era una promesa vacía, el béisbol fue la única escalera disponible.

Eso no es un elogio al béisbol. Es una crítica al Estado.

Pero también es una crítica a nosotros mismos, porque hemos preferido celebrar a los que llegaron en lugar de preguntarnos qué pasó con los que no llegaron. Hemos construido una narrativa de éxito que oculta una narrativa de fracaso masivo.

La tesis

El béisbol dominicano es un espejo de nuestra sociedad: brillante en la superficie, profundamente desigual en su estructura. Celebramos a los campeones porque nos permiten sentirnos orgullosos sin tener que cambiar nada. Pero el orgullo sin transformación es solo entretenimiento.

Los argumentos

Primero: El sistema de academias de béisbol en RD opera con reglas que no se aplicarían en Estados Unidos. Los jugadores dominicanos firman a los 16 años, cuando en EE.UU. no pueden hacerlo hasta los 18. Esa diferencia de dos años es enorme en términos de madurez, negociación y protección legal. Es una asimetría que beneficia a los equipos y perjudica a los jugadores.

Segundo: La educación de los peloteros dominicanos es, en muchos casos, sacrificada en el altar del béisbol. Niños que dejan la escuela a los 14 o 15 años para entrenar en academias no tienen garantías de que esa apuesta valdrá la pena. Y cuando no vale la pena, regresan sin diploma, sin oficio y sin red de seguridad.

Tercero: El dinero que genera el béisbol dominicano para la MLB es enorme. Los contratos de los jugadores dominicanos en las Grandes Ligas superan los US$2,000 millones anuales. Pero la proporción de ese dinero que regresa a las comunidades que producen esos jugadores es mínima. Las academias pagan salarios bajos, los equipos no invierten en infraestructura comunitaria y el Estado no exige nada a cambio.

Cuarto: El béisbol femenino dominicano es prácticamente invisible. Mientras el país celebra a sus peloteros masculinos, las mujeres que practican béisbol no tienen academias, no tienen ligas profesionales y no tienen el apoyo institucional que merecen. El deporte que nos define como nación excluye sistemáticamente a la mitad de la población.

El contrapunto

Hay quienes argumentan que el sistema, con todas sus imperfecciones, ha sacado a miles de familias de la pobreza y que sin las academias de béisbol, esas oportunidades simplemente no existirían. Es un argumento válido.

También es válido señalar que el béisbol ha generado una cultura de disciplina, trabajo y aspiración en comunidades donde esos valores son difíciles de cultivar. Que los peloteros dominicanos que triunfan en las Grandes Ligas son modelos de referencia para generaciones de jóvenes.

Pero aceptar los beneficios del sistema no significa que no podamos exigir que sea más justo.

Datos clave

La pregunta incómoda

¿Cuántos niños dominicanos han sacrificado su educación por un sueño de béisbol que nunca se cumplió, y qué ha hecho el Estado para protegerlos?

Las consecuencias

Lo que ya ocurre: miles de jóvenes dominicanos pasan por el sistema de academias sin llegar a las Grandes Ligas y regresan a sus comunidades sin las herramientas para construir una vida digna fuera del béisbol.

Lo que podría ocurrir si no cambiamos nada: seguiremos celebrando a los que triunfan mientras ignoramos a los que fracasan, y el béisbol seguirá siendo un espejo que preferimos no mirar de frente.

Conclusión

El béisbol es lo que somos. Pero lo que somos puede ser mejor.

No se trata de dejar de celebrar a Tatis Jr. o a Soto. Se trata de exigir que el sistema que los produjo también proteja a los que no llegaron. Se trata de construir un béisbol dominicano que sea tan justo como es brillante.

Ese es el deporte que merecemos ser.

Daniel Segundo Monzon es columnista de El Zafacón.

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