Por Daniel Segundo Monzón
Hay momentos en el deporte que no se miden por el marcador final. Se miden por lo que revelan. Y lo que la selección dominicana Sub-15 de béisbol reveló en Mérida, México, este octubre de 2026, va mucho más allá de una medalla: reveló que algo está cambiando en la cantera del deporte más identitario de esta nación.
Por primera vez en la historia, República Dominicana disputó una final del Campeonato Mundial de Béisbol Sub-15 de la WBSC. No un cuarto lugar. No una semifinal perdida. Una final. Frente a Estados Unidos, la potencia que domina el béisbol juvenil global. Eso no ocurrió por accidente.
El camino que nadie contó
Para llegar a esa final, la selección dominicana tuvo que superar a Japón 7-1 en la fase de grupos —un resultado que en cualquier otro contexto habría sido noticia de primera plana—, derrotar a China Taipéi 11-4 en la ronda decisiva, y sobrevivir a una Super Ronda donde enfrentó a los mejores equipos del mundo. Llegaron con un récord de 3-2 en esa fase, suficiente para estar donde nunca habían estado.
En 2018, la selección Sub-15 terminó sexta. En 2024, séptima. En 2026, finalista. Esa curva ascendente no es casualidad: es el resultado de un trabajo silencioso en academias, en ligas juveniles, en entrenadores que apuestan por la formación antes que por la firma rápida.
El problema que persiste
Pero sería deshonesto celebrar sin señalar la contradicción. República Dominicana produce más peloteros de Grandes Ligas que ningún otro país fuera de Estados Unidos. Tiene academias de equipos de MLB en casi cada provincia. Y sin embargo, durante décadas, el béisbol juvenil de selección nacional fue tratado como un trámite, no como una prioridad.
El modelo dominicano ha sido históricamente extractivo: las academias toman el talento joven, lo desarrollan para el mercado norteamericano, y el béisbol nacional recibe las migajas. La LIDOM, que arranca su temporada 2026-2027 el 16 de octubre, es un producto de entretenimiento de primer nivel. Pero la selección nacional —en todas sus categorías— ha vivido en los márgenes de ese ecosistema.
Lo que esta Sub-15 demuestra es que cuando hay inversión, metodología y continuidad, los resultados llegan. La pregunta es si las instituciones deportivas dominicanas —el Miderec, la Federación de Béisbol, la propia LIDOM— están dispuestas a institucionalizar ese modelo o si este torneo quedará como un destello aislado.
Lo que el marcador no puede borrar
Independientemente del resultado de la final ante Estados Unidos —un rival que los venció 8-6 en la Super Ronda y que llega como favorito—, lo que estos muchachos de 15 años ya lograron no se puede deshacer. Pusieron a República Dominicana en el mapa del béisbol juvenil mundial de una manera que ninguna generación anterior había conseguido.
Ángel García, que impulsó tres carreras en la victoria sobre China Taipéi. Airam Burgos, que lanzó con la frialdad de un veterano. Nombres que hoy son desconocidos para la mayoría de los dominicanos, pero que en cinco o diez años podrían estar firmando contratos millonarios o representando al país en un Clásico Mundial.
El béisbol dominicano tiene un problema de narrativa: celebra a sus estrellas cuando ya son de otros, cuando ya visten uniformes de los Yankees, los Dodgers o los Rays. Rara vez celebra el proceso que los formó. Esta Sub-15 es una oportunidad para cambiar eso.
La lección que no debemos desperdiciar
El deporte dominicano tiene un talento natural que el mundo envidia. Lo que le ha faltado, históricamente, es estructura. Planificación. Continuidad institucional. La llegada a esta final no es el punto de llegada: es el punto de partida de una conversación que el país necesita tener sobre cómo trata a sus atletas jóvenes, cómo financia sus selecciones nacionales y cómo construye un sistema que no dependa del azar o del ojo de un scout extranjero.
Porque si estos muchachos llegaron a una final mundial con los recursos que tienen, imaginen lo que podrían lograr con los que merecen.
Eso es lo que la Sub-15 le dice al béisbol dominicano. Y al país entero.
Daniel Segundo Monzón es columnista de El Zafacón.





