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3:15 pm
Opinión

La frontera que nos define: migración haitiana, deportaciones y el dilema dominicano que nadie quiere resolver

Columnista Daniel Segundo Monzón 30 de septiembre, 2026 12:30 pm

Por Daniel Segundo Monzon / Columnista de El Zafacón

Hay una pregunta que República Dominicana lleva décadas evitando responder con honestidad: ¿qué queremos hacer con Haití?

No con los haitianos como abstracción. Con Haití como realidad geográfica, histórica y humana que comparte con nosotros 388 kilómetros de frontera, una isla y un destino que, nos guste o no, están entrelazados.

La crisis de 2026 no es nueva. Es la misma crisis de siempre, amplificada por el colapso del Estado haitiano, la proliferación de bandas armadas que controlan territorios enteros, y la incapacidad de la comunidad internacional para ofrecer algo más que resoluciones del Consejo de Seguridad que se prorrogan cada seis meses con el 30% de los recursos prometidos.

Los hechos

[HECHO] El Consejo de Seguridad de la ONU prorrogó este mes la misión multinacional en Haití por seis meses adicionales, pero la operación funciona al 30% de su capacidad operativa por falta de financiamiento y personal.

[HECHO] República Dominicana ha intensificado las deportaciones en 2026, con operativos que han generado críticas de organizaciones de derechos humanos por presuntas irregularidades en el proceso de identificación de migrantes.

[HECHO] La Corte Suprema de Estados Unidos reactivó las deportaciones a terceros países del Caribe, lo que podría aumentar la presión migratoria sobre la frontera dominicana.

[HECHO] Estimaciones de organismos internacionales sitúan entre 500,000 y 700,000 los migrantes haitianos en situación irregular en República Dominicana, aunque las cifras exactas son imposibles de verificar.

El contexto que nadie quiere ver

República Dominicana tiene una relación con la migración haitiana que es, al mismo tiempo, de dependencia económica y de rechazo político. Los sectores de construcción, agricultura y servicios domésticos funcionan en gran medida gracias a mano de obra haitiana que acepta condiciones que los dominicanos rechazan.

[ANÁLISIS] Esto no es una acusación: es una realidad económica que el mercado laboral dominicano ha construido durante décadas. El problema es que esa dependencia nunca se ha traducido en una política migratoria coherente que regule, proteja y ordene los flujos.

En cambio, hemos tenido ciclos de tolerancia informal seguidos de operativos de deportación masiva, sin que ninguno de los dos extremos resuelva el problema estructural.

La tesis central

República Dominicana no puede resolver la crisis migratoria haitiana de manera unilateral, pero sí puede dejar de agravar sus propias contradicciones. Una política migratoria seria requiere tres cosas que hoy no existen: un registro real de la población migrante, un sistema de regularización que funcione, y una estrategia de cooperación con Haití que vaya más allá de las declaraciones diplomáticas.

Los argumentos

1. La deportación sin política es un ciclo sin fin

[HECHO] Las deportaciones masivas no han reducido la presencia de migrantes irregulares en el país. Los mismos estudios que documentan las deportaciones documentan también el regreso de los deportados en semanas o meses. [INTERPRETACIÓN] Esto no significa que las deportaciones sean ilegítimas como herramienta de política migratoria; significa que sin regularización, sin control de entrada y sin cooperación bilateral, son un gesto político sin efecto duradero.

2. El colapso haitiano es un problema dominicano

[HECHO] Haití no tiene gobierno funcional, sistema judicial operativo ni fuerzas de seguridad capaces de controlar el territorio. [CONSECUENCIA] Cada vez que el Estado haitiano se debilita, la presión migratoria sobre República Dominicana aumenta. Ignorar lo que pasa al otro lado de la frontera no es una política: es una apuesta a que el problema se resuelva solo, y la evidencia de los últimos 20 años indica que no lo hace.

3. La comunidad internacional ha fallado

[HECHO] La misión multinacional en Haití opera al 30% de su capacidad. Los países que prometieron tropas y recursos no han cumplido. [INTERPRETACIÓN] República Dominicana tiene razón en señalar que carga desproporcionadamente con las consecuencias de un fracaso que es colectivo. Pero esa razón no exime al país de la responsabilidad de tener una política propia que sea coherente, legal y sostenible.

4. Los derechos no son negociables

[HECHO] Organizaciones de derechos humanos han documentado casos de deportación de personas con documentos dominicanos válidos, separación de familias y condiciones inadecuadas en los centros de detención. [ANÁLISIS] Una política migratoria puede ser estricta y respetar los derechos humanos al mismo tiempo. No son objetivos contradictorios. La diferencia está en los procedimientos, la supervisión y la rendición de cuentas.

El contrapunto

Hay quienes argumentan que cualquier política de regularización equivale a una amnistía que incentiva más migración irregular. Es un argumento que merece ser tomado en serio, no descartado. La experiencia de otros países muestra que los programas de regularización mal diseñados pueden tener ese efecto.

Pero también muestra que la irregularidad permanente crea economías informales, explota a los trabajadores, priva al Estado de ingresos fiscales y genera tensiones sociales que ningún operativo policial puede resolver de manera sostenida.

Datos clave

La pregunta incómoda

Si República Dominicana deporta a todos los migrantes haitianos irregulares mañana, ¿quién construye los edificios, recoge las cosechas y cuida a los ancianos en los hogares dominicanos? ¿Y qué pasa con los hijos de esos migrantes que nacieron aquí, fueron a la escuela aquí y no conocen otro país?

Las consecuencias

Lo que ya ocurre: La frontera es un espacio de tensión permanente donde conviven el comercio informal, la migración irregular, el tráfico de personas y los operativos de deportación. Las comunidades fronterizas dominicanas viven en una realidad diferente a la que se debate en Santo Domingo.

Lo que podría ocurrir: Si la crisis haitiana se profundiza —más bandas, más colapso institucional, más hambre— la presión migratoria aumentará independientemente de cuántos operativos se realicen. El escenario más probable sin una política coherente es más de lo mismo: ciclos de tolerancia y represión que no resuelven nada.

Conclusión

La frontera domínico-haitiana no es solo una línea en el mapa. Es el lugar donde se revelan las contradicciones de un país que quiere ser moderno y próspero, pero que no ha resuelto su relación con su historia, su geografía y su vecino.

Resolver esa contradicción no requiere elegir entre soberanía y humanidad. Requiere tener la honestidad de reconocer que ambas son posibles, y el coraje político de construir una política que las combine.

La frontera nos define. La pregunta es si queremos que nos defina por lo que hacemos bien o por lo que seguimos evitando hacer.

Por Daniel Segundo Monzon / Columnista de El Zafacón

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