Por Daniel Segundo Monzon / Columnista de El Zafacón
Canadá acaba de hacer algo que hace veinte años habría parecido impensable: le plantó cara a Estados Unidos con aranceles sobre US$20,000 millones en productos norteamericanos. Acero, lácteos, equipos agrícolas, electrodomésticos. No es un gesto simbólico. Es una declaración de principios con consecuencias económicas reales.
Y la pregunta que debería hacerse cualquier país pequeño —incluyendo República Dominicana— es esta: ¿qué aprendemos de esto?
Los hechos
[HECHO] Canadá impuso aranceles de represalia sobre productos estadounidenses en respuesta a restricciones comerciales previas de Washington. [HECHO] La medida afecta sectores estratégicos de la economía norteamericana. [HECHO] Es la escalada más significativa en la relación comercial entre los dos países desde la renegociación del TLCAN.
El poder arancelario como geopolítica
[ANÁLISIS] Durante décadas, el poder geopolítico se midió en portaaviones, misiles y reservas de petróleo. Hoy, el poder se mide también en acceso a mercados, cadenas de suministro y capacidad de infligir dolor económico sin disparar un solo tiro.
Canadá no tiene el ejército más grande del mundo. No tiene las reservas de petróleo de Arabia Saudita. Pero tiene algo que Estados Unidos necesita: un mercado de 40 millones de consumidores, fronteras compartidas de miles de kilómetros y una integración económica tan profunda que cualquier ruptura duele en ambas direcciones.
Eso es poder. Y Canadá lo está usando.
La tesis central
El poder geopolítico del siglo XXI no depende únicamente del tamaño militar o económico de un país. Depende de la capacidad de identificar los sectores donde el adversario es vulnerable y convertir el acceso al propio mercado en una palanca de negociación.
Los argumentos
Primero: Las potencias medianas han aprendido que la represalia focalizada es más efectiva que la confrontación total. Canadá no declaró una guerra comercial general. Eligió sectores específicos donde el dolor político para Washington sería máximo: acero (empleos industriales), lácteos (estados agrícolas clave), equipos agrícolas (el corazón del Medio Oeste).
Segundo: La interdependencia económica es un arma de doble filo. Estados Unidos necesita a Canadá tanto como Canadá necesita a Estados Unidos. Esa simetría de dependencia es lo que da a Ottawa margen de maniobra. Sin ella, la represalia sería suicida.
Tercero: El precedente importa. Cuando Canadá demuestra que puede responder, otros países toman nota. México, la Unión Europea, incluso economías más pequeñas del Caribe y Centroamérica observan y aprenden.
Cuarto: La credibilidad de la amenaza es tan importante como la amenaza misma. Canadá no solo anunció los aranceles: los implementó. Esa diferencia entre retórica y acción es lo que construye reputación negociadora.
El contrapunto
Hay quienes argumentan que la represalia canadiense es un error estratégico: que escala el conflicto, que daña a los propios consumidores canadienses y que a largo plazo debilita la relación con su principal socio comercial. No es un argumento despreciable. La historia del proteccionismo está llena de guerras comerciales que terminaron mal para todos.
Datos clave
- US$20,000 millones: valor de los productos estadounidenses afectados por los aranceles canadienses
- US$600,000 millones: comercio bilateral anual entre EE.UU. y Canadá
- 40 millones: consumidores en el mercado canadiense
- 1994: año en que entró en vigor el TLCAN, base de la integración económica norteamericana
- 3: número de países que integran el T-MEC (EE.UU., Canadá, México)
La pregunta incómoda
¿Qué sectores de la economía dominicana podrían convertirse en palancas de negociación frente a socios comerciales más grandes? ¿O estamos condenados a ser siempre el lado que absorbe el golpe?
Las consecuencias
Lo que ya ocurre: Los precios de los productos afectados por los aranceles suben en ambos países. Las cadenas de suministro se reorganizan. Las empresas buscan alternativas.
Lo que podría ocurrir: Una negociación que resuelva el conflicto con concesiones mutuas, o una escalada que dañe a ambas economías y genere efectos secundarios en toda la región, incluyendo el Caribe.
Conclusión
La lección de Canadá no es que todos los países deberían iniciar guerras comerciales. La lección es que el poder se construye identificando dónde eres indispensable y usando esa indispensabilidad con inteligencia.
República Dominicana tiene activos que no siempre valora: una posición geográfica estratégica, un sector turístico que genera divisas que otros necesitan, zonas francas que forman parte de cadenas de suministro globales, y una diáspora que conecta al país con los mercados más grandes del mundo.
La pregunta no es si somos pequeños. La pregunta es si sabemos usar lo que tenemos.
Daniel Segundo Monzon es columnista de El Zafacón.





