Por Daniel Segundo Monzon
La fotografía económica dominicana del cierre de septiembre contiene una aparente contradicción. Por un lado, los indicadores disponibles muestran crecimiento de la actividad y creación de puestos de trabajo. Por otro, la percepción ciudadana sitúa el costo de la vida como el principal problema del país y de los hogares. Mi tesis es que esa distancia no debe tratarse como un simple problema de comunicación: revela que el avance agregado todavía no produce suficiente alivio en la economía cotidiana.
Los hechos son concretos. Según los datos del Banco Central, el Índice Mensual de Actividad Económica creció 3.8% interanual en agosto y acumuló una expansión de 4.5% entre enero y agosto de 2026. En el segundo trimestre había aproximadamente 5.27 millones de personas ocupadas, 2.9% más que un año antes. Las mujeres representaron el 86.6% de los nuevos puestos netos.
Sin embargo, el desempleo abierto fue de 5.3%, un aumento de 0.3 puntos porcentuales frente al mismo período de 2025. Además, la inflación interanual llegó a 5.13% en agosto, ligeramente por encima del límite superior de la meta de 4.0% ± 1.0%. La inflación subyacente, de 4.76%, permaneció dentro del rango, pero cerca de su techo.
Las encuestas agregan una dimensión social que los indicadores macroeconómicos no capturan: el costo de la vida fue señalado como el principal problema nacional por el 15.1% de los consultados y como la principal dificultad de los hogares por el 24.7%. Al agrupar economía, salarios bajos y desempleo, esas preocupaciones alcanzaron el 50.2% de las respuestas familiares. Un 62.8% calificó como mala la situación económica del país.
La discusión pública se equivoca cuando enfrenta estadísticas y percepciones como si una tuviera que invalidar a la otra. El IMAE mide actividad; no indica cómo se distribuye el crecimiento. El número de ocupados registra empleo; no demuestra por sí solo que los salarios hayan ganado capacidad de compra. La inflación interanual refleja el ritmo de aumento de los precios, no la reversión de los incrementos acumulados anteriormente.
La prioridad económica debería ser cerrar esa brecha con resultados medibles. No basta destacar cuántas personas consiguieron trabajo: hace falta examinar la estabilidad y la remuneración de esos puestos. Tampoco basta señalar que la inflación subyacente continúa dentro del rango: los hogares toman decisiones con los precios que encuentran, no con el centro de una meta monetaria.
El crecimiento sigue siendo indispensable, pero su legitimidad social depende de la experiencia diaria. Cuando la actividad avanza y el malestar persiste, la respuesta responsable no es desacreditar la percepción ciudadana. Es investigar por qué el progreso estadístico tarda tanto en convertirse en tranquilidad doméstica.





