Por Daniel Segundo Monzon / Columnista de El Zafacón
Cada año, cientos de jóvenes dominicanos firman contratos con academias de béisbol de las Grandes Ligas. Cada año, la mayoría de ellos no llega a debutar en el béisbol de las mayores. Y cada año, el sistema sigue funcionando exactamente igual.
La pregunta que nadie quiere hacerse en voz alta es esta: ¿qué pasa con los que no llegan?
Los hechos
República Dominicana es la mayor exportadora de talento beisbolístico del mundo. Más del 30% de los jugadores en las Grandes Ligas son dominicanos o de origen dominicano. Las academias de los 30 equipos de la MLB operan en el país, reclutando jóvenes desde los 16 años.
Pero la estadística que menos se menciona es esta: de cada 100 jóvenes que firman con una academia, menos de 10 llegan a debutar en las mayores. Los otros 90 regresan a sus comunidades, muchas veces sin haber completado su educación secundaria, sin un oficio alternativo y con el sueño roto.
El modelo que tenemos
El sistema actual está diseñado para producir peloteros, no ciudadanos completos. Las academias ofrecen entrenamiento deportivo de alta calidad, pero la educación formal suele ser secundaria, cuando existe.
Los jóvenes que firman a los 16 años abandonan la escuela en el momento más crítico de su formación. Si el béisbol no funciona, regresan sin herramientas para enfrentar el mercado laboral.
La tesis
El béisbol dominicano necesita un pacto social nuevo: uno que reconozca que el talento deportivo es un recurso nacional y que su desarrollo debe ir acompañado de formación integral.
No se trata de limitar las academias ni de frenar el talento. Se trata de exigir que el sistema que se beneficia de nuestros jóvenes también invierta en su futuro más allá del diamante.
Argumentos
Primero: La educación no es un obstáculo para el béisbol. Los países que han logrado integrar la formación académica con el desarrollo deportivo producen atletas más completos y con mayor longevidad en sus carreras.
Segundo: El Estado dominicano tiene herramientas para actuar. La regulación de las academias de béisbol puede incluir requisitos de educación formal, programas de orientación vocacional y fondos de apoyo para los jóvenes que no continúan en el béisbol profesional.
Tercero: Las propias academias tienen incentivos para mejorar. Un jugador mejor formado, con mayor madurez emocional e intelectual, es un mejor atleta. La inversión en educación no es filantropía: es estrategia.
Cuarto: La diáspora dominicana puede ser un aliado. Muchos dominicanos en Estados Unidos que pasaron por las academias sin llegar a las mayores tienen historias que contar y lecciones que compartir.
El contrapunto
Hay quienes argumentan que las academias ya ofrecen oportunidades que de otra manera no existirían para jóvenes de comunidades pobres. Que el béisbol es una vía de movilidad social real. Que imponer más requisitos podría desincentivar la inversión de los equipos en el país.
Estos argumentos tienen mérito. Pero no son razón suficiente para mantener un sistema que deja a la mayoría de sus participantes sin red de seguridad.
La pregunta incómoda
¿Cuántos Elly De La Cruz, Vladimir Guerrero Jr. o Juan Soto necesitamos para justificar los miles de jóvenes que el sistema descarta cada año sin haberles dado herramientas para otra vida?
Conclusión
El béisbol es parte del alma dominicana. Nadie quiere cambiar eso. Pero el amor por el deporte no puede ser excusa para ignorar lo que le pasa a los que no llegan.
Formar antes de firmar no es un eslogan. Es una obligación moral con los jóvenes que ponen su futuro en manos de un sistema que, hoy por hoy, solo los necesita si son suficientemente buenos.
El día que República Dominicana decida que todos sus jóvenes merecen una segunda oportunidad —dentro o fuera del béisbol— ese día habremos ganado algo más importante que cualquier Serie Mundial.
Daniel Segundo Monzon es columnista de El Zafacón.





