Por Daniel Segundo Monzón
Del 7 al 9 de octubre de 2026, Santiago de los Caballeros se convierte en el epicentro de la diplomacia regional. La República Dominicana acoge el 41.° período de sesiones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y, al cierre del evento, asume formalmente la presidencia de la comisión para el período 2026-2028. Es un hecho de política exterior que merece más atención de la que ha recibido en el debate público dominicano.
No es un honor ceremonial. Es una responsabilidad que llega en el peor momento posible —o en el mejor, según cómo se mire.
El mundo que nos rodea
La CEPAL presentará en Santiago su informe central: Rupturas y oportunidades: propuestas para que América Latina y el Caribe prospere en la nueva era geopolítica. El título lo dice todo. El orden internacional que conocimos desde 1945 está en proceso de desintegración acelerada: la OTAN fracturada por las exigencias de Washington, Rusia amenazando con armas nucleares sobre Kaliningrado, China exhibiendo misiles balísticos desde submarinos, y una guerra en Ucrania que entra a su quinto año sin resolución a la vista.
En ese contexto, la CEPAL identifica ocho rupturas globales simultáneas: la reconfiguración de la globalización, la erosión del multilateralismo, el retroceso democrático, la desinformación algorítmica, la regresión en derechos de género, el debilitamiento del consenso climático, la competencia tecnológica entre grandes potencias y la fragmentación de las cadenas de suministro. Ocho frentes abiertos al mismo tiempo.
América Latina y el Caribe no son espectadores neutrales de este desorden. Son actores con activos estratégicos que el mundo necesita: el 46% del litio global, el 35% del cobre, el 28% del grafito, el 23% de las tierras raras, la mayor biodiversidad del planeta y la matriz eléctrica más limpia del mundo. La región tiene cartas. El problema es que históricamente no ha sabido jugarlas.
Lo que la presidencia exige
República Dominicana llega a esta presidencia con credenciales reales: estabilidad macroeconómica sostenida, crecimiento económico por encima del promedio regional, una gestión diplomática que ha logrado internacionalizar la crisis haitiana como problema hemisférico y no solo bilateral, y una posición geográfica que la convierte en nodo natural del Caribe.
Pero presidir la CEPAL no es colgar un diploma en la pared de Cancillería. Implica liderar la agenda de desarrollo de 59 Estados durante dos años, en un momento en que esa agenda es más urgente y más disputada que nunca. Implica tomar posición sobre cómo la región debe relacionarse con Washington, con Pekín, con Moscú —sin caer en alineamientos rígidos que sacrifiquen autonomía estratégica por conveniencia inmediata.
El informe de la CEPAL es explícito en ese punto: la recomendación es diversificar alianzas, fortalecer la capacidad de análisis propio y evitar la dependencia de un solo polo de poder. Es, en esencia, la misma lección que la historia dominicana ha aprendido a golpes: la soberanía no se declama, se construye con política exterior activa y con instituciones que resistan la presión externa.
El riesgo del simbolismo vacío
El peligro real no es que República Dominicana fracase en la presidencia de la CEPAL. El peligro es que la trate como un logro de imagen y no como una plataforma de acción. Que el evento en Santiago de los Caballeros sea una foto de cancilleres y no el inicio de una agenda dominicana coherente sobre integración regional, nearshoring, minerales críticos y gobernanza digital.
El mundo está reorganizando sus cadenas de suministro. Las empresas estadounidenses buscan alternativas a China. El Caribe —y República Dominicana en particular— tiene la geografía, la infraestructura de zonas francas y la estabilidad institucional para capturar parte de esa reconfiguración. Pero eso requiere política industrial, no solo discursos en foros internacionales.
La presidencia de la CEPAL es una ventana. Las ventanas se abren y se cierran. La pregunta que debe hacerse el gobierno dominicano —y que debemos hacernos como sociedad— es qué vamos a hacer con ella mientras está abierta.
Una oportunidad que no se repite fácil
República Dominicana no ha presidido la CEPAL con frecuencia. Que el evento se celebre en Santiago de los Caballeros —y no en Santo Domingo— es también una señal de descentralización que merece reconocimiento. Pero la descentralización geográfica del evento no puede ser el único gesto de apertura. La presidencia debe traducirse en propuestas concretas: sobre financiamiento climático, sobre regulación de inteligencia artificial en la región, sobre mecanismos de cooperación frente a la crisis haitiana.
El mundo está en ruptura. América Latina tiene activos. República Dominicana tiene una presidencia. La combinación de los tres factores es una oportunidad estratégica que no se repite fácilmente. Aprovecharlo o desperdiciarlo es, en última instancia, una decisión política.
Y las decisiones políticas, en democracia, también son responsabilidad ciudadana.
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Daniel Segundo Monzón es columnista de El Zafacón.





