Por Daniel Segundo Monzon / Columnista de El Zafacón
Hay una paradoja que define al deporte dominicano y que, si la miramos con honestidad, nos dice mucho sobre quiénes somos como nación.
Producimos campeones para el mundo. Exportamos talento beisbolístico como ningún otro país del planeta. Tenemos atletas que ganan medallas olímpicas, que se coronan en mundiales de atletismo, que pelean por títulos mundiales de boxeo. Y sin embargo, muchos de esos mismos atletas entrenaron en condiciones que avergonzarían a cualquier país que se tome en serio el deporte como política pública.
Los hechos
República Dominicana es el país con mayor número de peloteros en las Grandes Ligas de Béisbol en proporción a su población. En los Juegos Centroamericanos y del Caribe 2026, el país obtuvo 150 medallas, un récord histórico. Marileidy Paulino es campeona mundial y olímpica en los 400 metros planos. El presupuesto del Ministerio de Deportes representa menos del 1% del gasto público total.
Esa última cifra lo dice todo.
El contexto
El béisbol dominicano funciona porque las academias de los equipos de Grandes Ligas invierten lo que el Estado no invierte. Son empresas privadas estadounidenses las que construyen los campos, contratan los entrenadores y alimentan a los jóvenes prospectos. El Estado dominicano recibe el crédito del éxito, pero no paga la factura del proceso.
En atletismo, la historia es diferente y más reveladora. Marileidy Paulino llegó a la élite mundial a pesar del sistema, no gracias a él. Entrenó en condiciones precarias, con apoyo institucional tardío y recursos insuficientes. Su éxito es un triunfo personal y de su entrenador, no un producto de una política deportiva coherente.
La tesis central
El deporte dominicano es exitoso a pesar del Estado, no gracias a él. Y eso debería preocuparnos más de lo que nos enorgullece.
Los argumentos
Primero: El talento natural existe, pero no es infinito ni garantizado. Si no construimos la infraestructura para desarrollarlo sistemáticamente, dependemos de la lotería genética y de la voluntad individual. Eso no es una política deportiva; es una apuesta.
Segundo: Los países que dominan el deporte internacional —Jamaica en atletismo, Cuba en boxeo, Kenia en maratón— tienen programas estatales estructurados, no solo talento natural. La diferencia entre un atleta que llega a la élite y uno que se queda en el camino suele ser el acceso a entrenamiento de calidad, nutrición adecuada y apoyo institucional.
Tercero: El deporte tiene un retorno económico y social que va más allá de las medallas. Reduce la violencia juvenil, genera identidad nacional, produce divisas a través del turismo deportivo y crea empleos. Invertir en deporte no es un gasto; es una inversión con retorno medible.
Cuarto: La NFL jugó en Brasil. La MLB tiene academias en todo el Caribe. El deporte es un negocio global, y los países que no invierten en infraestructura deportiva quedan fuera de ese negocio, o participan solo como proveedores de talento barato.
El contrapunto
Hay quienes argumentan que el modelo dominicano funciona: si los resultados son buenos, ¿para qué cambiar? Es un argumento comprensible, pero cortoplacista. El modelo funciona para el béisbol porque hay un subsidio privado externo. No funciona para la mayoría de los deportes, donde no hay academias privadas que suplan la ausencia del Estado.
Datos clave
- RD tiene más de 100 peloteros en las Grandes Ligas (2026)
- 150 medallas en Juegos Centroamericanos 2026 — récord histórico
- Presupuesto Ministerio de Deportes: menos del 1% del gasto público
- Marileidy Paulino: campeona olímpica y mundial en 400m planos
- RD no tiene un estadio olímpico certificado por World Athletics
La pregunta incómoda
¿Cuántos Marileidy Paulino se quedaron en el camino porque no tuvieron el entrenador correcto, la pista adecuada o el apoyo institucional a tiempo?
Las consecuencias
Lo que ya ocurre: Atletas dominicanos que representan a otros países porque aquí no encontraron apoyo. Jóvenes talentos que abandonan el deporte por falta de recursos. Infraestructura deportiva deteriorada en la mayoría de las provincias.
Lo que podría ocurrir: Si el Estado invierte en deporte de manera sistemática, República Dominicana podría convertirse en una potencia deportiva regional en múltiples disciplinas, no solo en béisbol. El retorno en identidad nacional, salud pública y economía sería significativo.
Conclusión
El deporte dominicano es nuestro espejo. Nos muestra lo que somos capaces de lograr cuando el talento individual supera los obstáculos institucionales. Pero también nos muestra lo que podríamos ser si el Estado decidiera estar a la altura de sus atletas.
Celebrar las medallas sin preguntarnos qué sistema las produce es conformismo disfrazado de orgullo nacional. El verdadero orgullo sería construir el sistema que garantice que el próximo campeón no tenga que llegar a pesar de todo, sino gracias a todo.
Daniel Segundo Monzon es columnista de El Zafacón.





