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3:13 pm
Opinión

La frontera que no descansa: RD entre el muro y la crisis haitiana

Columnista Daniel Segundo Monzón 30 de septiembre, 2026 12:28 am

La República Dominicana deporta a un ritmo histórico mientras Haití se hunde en el control de las bandas. La pregunta ya no es si el país tiene derecho a defender su frontera, sino qué pasará cuando al otro lado no quede Estado con quien negociar.

Por Daniel Segundo Monzon / Columnista de El Zafacón

Hay una imagen que resume el momento fronterizo dominicano: una verja de hormigón y sensores que avanza kilómetro a kilómetro sobre la línea que separa a dos países que comparten una isla, pero cada vez menos un destino. De un lado, un Estado que presume de tecnología biométrica y récords de deportación. Del otro, una capital donde las bandas mandan más que el gobierno.

La política migratoria se ha convertido en el gran relato de seguridad nacional del país. Y conviene entenderlo sin consignas: ni la frontera se defiende sola, ni el problema haitiano se resuelve con un muro.

Los hechos, sin adjetivos

Entre enero y agosto de 2026, las autoridades dominicanas procesaron a 265,412 extranjeros, entre deportados y repatriados, según cifras oficiales difundidas por la prensa nacional. En los primeros siete meses, las deportaciones sumaron 186,139 personas y las repatriaciones 64,290, un incremento del 16.2 % respecto al mismo período de 2025.

La composición fue mayoritariamente masculina: 143,182 hombres (76.92 %) y 42,957 mujeres (23.08 %). Los operativos se concentraron en Haina, Dajabón, Elías Piña, Jimaní y Pedernales. En Dajabón, la Dirección General de Migración instaló reconocimiento facial con inteligencia artificial para registrar a los extranjeros autorizados durante los mercados binacionales.

Al otro lado de la línea, el contraste es brutal. Las bandas armadas, agrupadas en la coalición "Viv Ansanm", controlan cerca del 90 % del área metropolitana de Puerto Príncipe y se expanden hacia Artibonite, Centro y Noroeste. La Misión Multinacional de Apoyo a la Seguridad liderada por Kenia concluyó su despliegue en abril de 2026, y en su lugar la ONU autorizó la Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF), con doctrina militar y hasta 5,500 efectivos previstos, ahora con Chad en un rol de liderazgo.

El contexto que casi nadie quiere mirar

La tentación es leer estas dos realidades por separado: la dominicana como una historia de orden, la haitiana como una historia de caos. Pero son la misma historia contada desde dos orillas.

Cada avance del "Viv Ansanm" empuja a más haitianos hacia la frontera. Cada colapso institucional retrasa las elecciones \u2014el Consejo Presidencial de Transición ya pospuso los comicios previstos para febrero de 2026\u2014 y deja a Haití sin interlocutor legítimo. Y sin interlocutor, no hay repatriación ordenada, no hay cooperación fronteriza real, no hay política migratoria sostenible: solo contención.

La tesis

Aquí va mi tesis, resumible en una sola oración: la República Dominicana está ganando la batalla de la frontera y perdiendo la guerra del vecindario.

Deportar más rápido no es lo mismo que estar más seguro si el territorio que recibe a los deportados se degrada cada mes. El muro administra el síntoma; la enfermedad está en Puerto Príncipe.

Los argumentos

Primero, la eficacia tiene techo. El vicealmirante Luis Rafael Lee Ballester, director de Migración, reporta una reducción del 85 % de actividades ilícitas en las zonas intervenidas. Es un dato positivo, pero mide el tránsito irregular, no la presión demográfica de fondo, que depende de lo que ocurra en Haití, no en Dajabón.

Segundo, el costo reputacional es real. Organismos como la Organización Internacional para las Migraciones y Amnistía Internacional han cuestionado la deportación de personas vulnerables \u2014embarazadas, madres lactantes y menores no acompañados\u2014 y han denunciado perfilamiento racial. Un país que aspira a liderar regionalmente no puede ignorar esas señales, aunque las considere injustas.

Tercero, el modelo se está exportando sin resolver su dilema ético. Gobernantes de Chile y Honduras han visitado la frontera para estudiar la gestión dominicana. El país se ha vuelto una referencia en control migratorio; falta que también lo sea en cooperación humanitaria.

El contrapunto, en serio

Sería deshonesto no reconocer el otro lado. La República Dominicana no provocó la crisis haitiana ni tiene obligación de absorberla. Ningún Estado del mundo mantiene una frontera abierta con un territorio dominado por bandas. La seguridad de los dominicanos es una responsabilidad legítima de su gobierno, y quienes exigen fronteras porosas rara vez ofrecen quién pagará la factura social.

El punto no es abrir la frontera. El punto es que cerrarla no basta.

Datos clave

Dato Cifra Fuente
Extranjeros procesados (ene-ago 2026) 265,412 Prensa nacional / DGM, 2026
Aumento de deportaciones vs. 2025 +16.2 % Infobae, ago. 2026
Control de bandas en Puerto Príncipe ~90 % HRW / Defensa.com, 2026
Desplazados internos en Haití +1.4 millones ONU / HRW, 2026
Efectivos previstos de la GSF Hasta 5,500 Resolución 2793 ONU, 2025

La pregunta incómoda

Si mañana el Estado haitiano dejara de existir formalmente \u2014no como metáfora, sino como hecho administrativo\u2014, ¿a quién le devolvería la República Dominicana a los deportados, y con qué autoridad al otro lado se coordinaría la frontera?

Consecuencias

Lo que ya ocurre: una frontera más tecnificada, más cara y más vigilada, con cifras de expulsión que baten récords cada trimestre.

Lo que podría ocurrir: si Haití no estabiliza mínimamente su seguridad, la presión migratoria se volverá estructural y ninguna verja, por inteligente que sea, la contendrá sin un costo humano y diplomático creciente para el país.

Conclusión

La República Dominicana tiene derecho a proteger su territorio, y lo está haciendo con una eficacia que otros observan con envidia. Pero la seguridad duradera de la isla no se decide solo en Dajabón: se decide en Puerto Príncipe. Mientras el vecino se apague, el muro seguirá siendo necesario \u2014y seguirá siendo insuficiente.

El país que mejor administra su frontera es también el que más necesita que su vecino no colapse. Esa es la paradoja que ninguna estadística de deportación puede resolver.

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