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11:37 am
Opinión

Cuando Putin amenaza con el botón nuclear: lo que el Báltico le dice al Caribe

Columnista Daniel Segundo Monzón 5 de octubre, 2026 11:32 am

Por Daniel Segundo Monzón

A finales de septiembre de 2026, Rusia envió una nota diplomática al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, con un mensaje que no dejaba espacio para la ambigüedad: si la Alianza Atlántica intentaba aislar el enclave de Kaliningrado —ese pedazo de territorio ruso encajado entre Polonia y Lituania, en el corazón del Báltico—, Moscú respondería con todo su arsenal, incluidas armas nucleares. No era una metáfora. Era una advertencia formal, documentada, enviada por canales diplomáticos.

El mundo la leyó. Algunos la descartaron como retórica de guerra psicológica. Otros la tomaron como lo que es: la señal más clara en décadas de que la disuasión nuclear ha vuelto a ser moneda corriente en la política internacional. Y aquí, en el Caribe, en República Dominicana, seguimos mirando ese tablero como si fuera un asunto de europeos.

Kaliningrado: el punto de fricción que nadie esperaba

Kaliningrado no es un nombre que aparezca en los noticieros dominicanos. Pero debería. Este enclave militarizado —sede de la Flota del Báltico rusa y hogar de misiles Iskander con capacidad nuclear— se convirtió en el epicentro de la tensión más peligrosa del año. Rusia acusa a la OTAN de planear un bloqueo. La OTAN lo niega y califica la retórica de Moscú de "irresponsable". Los analistas de defensa advierten que el mayor riesgo no es la guerra deliberada, sino el error de cálculo: un movimiento mal interpretado, una respuesta desproporcionada, una escalada que nadie quiso pero que nadie supo detener.

Ese escenario —el del error de cálculo— es el que más debería preocuparnos a los países pequeños. Porque cuando las grandes potencias se equivocan, los que pagan el precio más alto no son ellas.

El Caribe no es espectador neutral

Hay una ilusión cómoda que los países del Caribe hemos cultivado durante décadas: la de que los conflictos geopolíticos son problemas de otros. Que las guerras de Europa o Asia nos llegan, a lo sumo, como noticias de segunda página. Pero esa ilusión se rompió con la pandemia, se fracturó con la guerra en Ucrania —que disparó los precios del combustible y los alimentos en toda la región— y se hace añicos cada vez que una crisis global interrumpe las cadenas de suministro que sostienen nuestras economías.

Una escalada nuclear en el Báltico no es un evento contenido. Es un terremoto geopolítico cuyos temblores llegarían a nuestras costas en forma de colapso del comercio internacional, fuga de capitales, parálisis del turismo y una recesión global que ningún país pequeño tiene capacidad de absorber solo.

República Dominicana exporta más del 60% de sus bienes a Estados Unidos y Europa. Recibe millones de turistas de esos mismos mercados. Depende de remesas enviadas desde una diáspora que vive en el corazón de los países de la OTAN. Cuando ese mundo se sacude, nosotros nos caemos.

La trampa de la indiferencia estratégica

El problema no es solo económico. Es de posicionamiento. República Dominicana lleva años construyendo una narrativa de estabilidad, de socio confiable, de puerta de entrada al Caribe. Esa narrativa tiene valor en tiempos de paz. Pero en tiempos de tensión geopolítica extrema, los países que no tienen una postura clara —que no han pensado dónde están parados y por qué— se vuelven prescindibles para todos los bloques.

No se trata de elegir bando entre Rusia y la OTAN. Se trata de algo más básico: tener una política exterior que entienda el mundo en el que vivimos. Que sepa leer las señales. Que no confunda la neutralidad con la ausencia de pensamiento estratégico.

La amenaza de Putin sobre Kaliningrado no es solo una advertencia para los países bálticos. Es un recordatorio brutal de que el orden internacional que conocimos —imperfecto, pero predecible— está siendo reemplazado por uno donde la amenaza nuclear vuelve a ser un instrumento de negociación. Y en ese nuevo orden, los países pequeños que no piensan en geopolítica son los primeros en ser ignorados cuando se reparten las consecuencias.

Lo que el Báltico nos exige

No pedimos que República Dominicana tenga ejércitos ni armas nucleares. Pedimos algo más difícil: que tenga ideas. Que construya una política exterior con visión de largo plazo, que diversifique sus alianzas sin perder su ancla democrática, que forme cuadros diplomáticos capaces de leer un mapa geopolítico y no solo un mapa turístico.

El mundo que viene —el que Putin está dibujando con sus amenazas y la OTAN con sus ejercicios militares en el Ártico— no va a esperar a que los países pequeños terminen de decidir si les importa la geopolítica. Ese mundo ya llegó. Y la pregunta no es si nos afecta. La pregunta es si estamos preparados para navegarlo.

Kaliningrado está a miles de kilómetros de Santo Domingo. Pero el miedo que genera —el miedo a un error de cálculo que nadie quiso pero que nadie supo evitar— ese miedo sí nos toca. Y más nos vale empezar a tomarlo en serio.

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