Pocas palabras cargan tanto prejuicio en esta isla como «vudú». Para muchos dominicanos evoca brujería, muñecos con alfileres o películas de terror. Para millones de haitianos es otra cosa: una religión, una forma de organizar la vida en comunidad y una memoria de cómo sus antepasados sobrevivieron a la esclavitud. Entender esa diferencia no obliga a nadie a creer en nada, pero sí ayuda a conocer mejor al vecino con el que compartimos la isla.
El tema vuelve a la conversación por una columna que publicó esta semana en Haití el exprofesor de sociología de la educación Jarry Jacques, titulada «Entre el cielo y la tierra: voz y vía del vudú en Haití». Su tesis es sencilla: el vudú no es un freno para el desarrollo del país, sino parte de su identidad, y ha sido estigmatizado durante siglos por la Iglesia, por algunos grupos evangélicos y por las élites. Revisamos sus principales afirmaciones con fuentes históricas. La mayoría se sostiene; algunas necesitan matices.
Qué es el vudú, explicado sin mitos
El vudú haitiano nació en la colonia francesa de Saint-Domingue, la parte occidental de la isla. Los africanos esclavizados, llevados desde regiones como el antiguo reino de Dahomey, el mundo yoruba y el Congo, no podían practicar sus religiones con libertad. El Código Negro de 1685 obligaba a bautizarlos y a instruirlos en la fe católica. El resultado fue una mezcla: los espíritus africanos siguieron vivos, pero muchas veces con el rostro de un santo católico.
En su visión del mundo hay un Dios supremo, Bondye, considerado lejano, y una serie de espíritus intermediarios llamados loas, cada uno ligado a una fuerza de la naturaleza o a un aspecto de la vida: Agwe gobierna el mar; Ogou, el hierro y la guerra; Damballah, la sabiduría. No tiene un libro sagrado único ni una autoridad central: se transmite de forma oral, con cantos en creol, tambores, danzas y dibujos rituales en el suelo, los vèvès.
Esa ausencia de escritura explica parte del malentendido. Lo que no se conoce se teme, y lo que se teme se caricaturiza.
Lo que la historia confirma
La columna sitúa el origen político del vudú en la ceremonia de Bois-Caïman, en agosto de 1791, considerada en Haití el arranque de la rebelión de los esclavizados que culminó con la independencia de 1804, la primera república fundada por antiguos esclavos. Es un símbolo nacional indiscutible. Pero conviene decirlo con precisión: el primer relato escrito de esa ceremonia es el del colono Antoine Dalmas, publicado en 1814, más de veinte años después. Los historiadores discuten aún la fecha exacta (el 14 o el 21 de agosto), el lugar y varios detalles, e incluso algunos han puesto en duda que ocurriera tal como se cuenta. Que la rebelión existió está fuera de duda; que el vudú fuera su chispa es una tradición poderosa, con base documental limitada.
También es cierto que el vudú fue perseguido. La Iglesia católica impulsó campañas contra la «superstición» a finales del siglo XIX y otra, muy dura, a comienzos de la década de 1940, cuando el Gobierno prohibió los servicios vudú y se destruyeron objetos religiosos. Durante buena parte de la historia haitiana, el catolicismo tuvo un estatus privilegiado: desde el Concordato de 1860 con la Santa Sede, el Estado pagaba a sus sacerdotes.
El reconocimiento llegó tarde. La Constitución de 1987 garantizó la libertad religiosa y protegió el derecho a practicar el vudú. En abril de 2003, un decreto del presidente Jean-Bertrand Aristide lo reconoció como religión con el mismo rango que las demás, de modo que ceremonias como los matrimonios vudú tienen validez equiparable a las católicas.
Las cifras: cuidado con el refrán
La columna cita un dicho muy repetido en Haití: «90 % católico, 100 % vudú». Es una frase ingeniosa para explicar que muchas personas van a misa y también sirven a los loas, pero no es una estadística. El informe sobre libertad religiosa del Departamento de Estado de EE. UU. de 2012 estimaba que alrededor del 80 % de los haitianos se declaraba católico y recogía la estimación de un líder religioso según la cual cerca de la mitad de la población practicaba alguna forma de vudú, casi siempre combinada con otra fe. No existen censos fiables sobre cuántos lo practican. El refrán describe una realidad cultural; no debe leerse como un dato.
Más que rituales: una red social
El punto más interesante del texto de Jacques es el que menos se conoce fuera de Haití. En muchas zonas rurales, el vudú funciona como una red de apoyo: el lakou (el patio familiar compartido), el konbit (el trabajo agrícola colectivo) y las sociedades religiosas organizan la ayuda mutua, median conflictos y ofrecen medicina tradicional basada en plantas. En un país donde el Estado llega poco o no llega, esas estructuras han sostenido a comunidades enteras.
No es una idea nueva. En 1928, el médico y etnólogo haitiano Jean Price-Mars publicó «Así habló el tío», un libro clave que reivindicó la cultura campesina y las raíces africanas del país. Price-Mars aceptó el vudú como religión y advirtió que condenarlo sin estudiarlo era «una negación de la inteligencia». Después, el antropólogo Alfred Métraux («El vudú haitiano», 1958) y el sociólogo Laënnec Hurbon («Dios en el vudú haitiano», 1972) lo estudiaron con rigor académico.
Ahora bien, reconocer su papel social no significa idealizarlo. Como en cualquier sistema de creencias, hay quienes lucran con la necesidad ajena, y la medicina tradicional no sustituye a un hospital. Defender una cultura no exige callar sus problemas.
Por qué esto nos importa a los dominicanos
El vudú no es un asunto lejano. La isla es una sola y sus culturas se han mezclado durante siglos. En el país existe un vudú dominicano, conocido popularmente como «las 21 divisiones», con loas asociados a santos católicos. Y cada Semana Santa, en bateyes y comunidades cañeras de San Pedro de Macorís, La Romana, Consuelo o Santo Domingo Este, salen los grupos de gagá, una tradición que llegó con los braceros haitianos a comienzos del siglo XX con el nombre de rará y que mezcla tambores, danzas, oraciones católicas y elementos del vudú.
Estos días, además, coinciden con una de las fechas más importantes del calendario vudú. Mientras aquí visitamos los cementerios por el Día de los Fieles Difuntos, en Haití se celebra la Fèt Gede, el 1 y 2 de noviembre, en honor a los guedés, los espíritus de los muertos, encabezados por el Barón Samedi. Son dos formas de recordar a los ancestros en la misma isla y en la misma fecha.
Conocer esto ayuda a combatir un prejuicio que todavía se usa para despreciar a los inmigrantes haitianos y a muchos dominicanos de los bateyes. Se puede rechazar una creencia, debatirla o no compartirla; lo que no se debe es convertirla en insulto ni en sinónimo de atraso.
Nuestra conclusión
La columna de Jacques acierta en lo esencial: el vudú es una religión con historia, una memoria de resistencia y un tejido social que ha ayudado a sobrevivir a generaciones de haitianos. Exagera cuando presenta como hechos comprobados episodios que los historiadores todavía discuten, o cuando usa un refrán como si fuera una cifra.
La lección para nosotros es doble. Primero, informarnos antes de juzgar: buena parte de lo que se dice del vudú en la República Dominicana viene del cine y del miedo, no del conocimiento. Segundo, entender que respetar la fe del otro, sea católica, evangélica o vudú, es parte de la convivencia en una isla que, nos guste o no, compartimos.
Artículo de opinión de El Zafacón.
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